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Centro de interpretación de las fortificaciones de Tarragona

Centro de interpretación de las fortificaciones de Tarragona

Introducción

El Centro de Interpretación de las Fortificaciones de Tarragona, ubicado en el Paseo Arqueológico, os ofrece una visión general de la evolución del sistema defensivo de Tarragona a lo largo de la historia, desde época romana hasta que la ciudad deja de ser plaza militar, en 1854, y finalmente la muralla es designada Monumento Histórico Artístico, en 1884.

El nacimiento de los primeros núcleos urbanos va unido a la necesidad de su defensa. Para ello se aprovechaba la orografía del terreno, y al mismo tiempo se añadían construcciones más o menos fuertes que cada vez devinieron más complejas, especialmente a partir de la proliferación de las armas de fuego.

A lo largo del tiempo, las fortificaciones, las murallas, las defensas, han compartido una serie de características:

  • Aprovechan el terreno, tanto la orografía como los recursos naturales.Protegen a los defensores y dificultan el ataque enemigo.
  • Se estructuran de forma jerárquica para que, en caso de pérdida de una parte de las defensas, el resto del sistema pueda funcionar de manera independiente.
  • Se organizan de manera que cada parte defendida tenga la máxima protección posible.
  • Disponen de unos accesos fácilmente practicables por los defensores y difíciles para los atacantes.

Además, las murallas, las fortificaciones, tienen otra función que va más allá de la exclusivamente militar: sirven para delimitar lo que es ciudad y lo que es suburbio, lo que es ciudad y lo que es territorio o campo.

Tarragona se sitúa sobre una colina de unos 80 m sobre el nivel del mar, con una orografía apta para la defensa. Además, en el lado sur había una bahía natural que con el tiempo se transformó en el puerto de la ciudad. Es un nudo de comunicaciones con el interior de la Península Ibérica y dispone de agua. Reúne, desde siempre, las condiciones para ser un punto clave, y por lo tanto para ser una plaza militar.

 

 del 218 a.C. al 713 d.C. Sala1 Sala2 Sala3 Sala4 Sala5

En el año 218 a. C., al inicio de la Segunda Guerra Púnica, el ejército romano establece una primera guarnición en lo alto de la colina donde se halla la ciudad ibera de Tarrakon. Esta será la base militar y política durante dicho conflicto bélico y la posterior conquista de Iberia. Con el tiempo, será la Colonia Iulia Urbs Triumphalis Tarraco, capital de la Hispania Citerior o Tarraconensis.

En principio se fortificó con una muralla provisional, de piedras, madera y tierra. Más adelante, hacia el 200 a. C., se construyó una muralla ya más sólida que rodearía un espacio no muy grande: la base estable de Roma en Hispania.

Esta muralla la forman muros de 6 m de alto y unos 4 m de ancho, de grandes piedras irregulares o megalitos (opus siliceum), y se refuerza con torres con un segundo cuerpo de sillares. Dentro de las torres habría unas estancias para las tropas y para artillería de torsión, como eran los escorpiones que disparaban por sus aspilleras. Nos han llegado tres: la parte inferior de la del Arquebisbe, la del Seminari y la de Minerva, que conserva el relieve romano más antiguo fuera de Italia.

Mientras tanto, junto al poblado de Tarrakon nacía un incipiente barrio de comerciantes, marineros, familias de las tropas... La evolución de la conquista de Hispania hace que la base militar se convierta en un centro político, económico y militar de primer orden. Una guarnición, un poblado y un barrio (cannaba) ya no son suficientes: hace falta una ciudad.

Entre el 150 y el 100 a. C. la muralla de la zona alta se amplía hasta el puerto. Sobre la construcción anterior, o partiendo de cero, se construye una nueva muralla de zócalo megalítico más bajo (2-3 m), y un segundo cuerpo de sillares hasta una altura de 12 m. Tiene una anchura de entre 5 y 6 m. Esta fase se conserva en la Parte Alta de Tarragona, de la cual conocemos una puerta monumental y seis portezuelas.

No sabemos si rodearía la ciudad ibérica, cada vez más romana, ni cómo cerraba el puerto. Pero las descripciones del Renacimiento y otros indicios hacen pensar que circundaría toda la ciudad romana, con una extensión de unos 5 km.

Poco sabemos de la muralla en época imperial, aunque, sin duda, era objeto de atención. Sabemos, por ejemplo, que un alto cargo provincial la tenía a su cuidado. Una inscripción perdida de los tiempos de Adriano (122-123 d. C.) nos lo confirma: Cayo Calpurnio Flaco, sacerdote (flamen) del culto imperial, curador del templo y prefecto de las murallas.

La muralla evitó que en el siglo III los francos y los alamanes arrasaran la ciudad, aunque sí que lo hicieron en sus barrios exteriores. A partir del siglo IV la ciudad se retrajo y quedó de nuevo bipolarizada entre la zona alta y el puerto. Pero la muralla continuó manteniendo su sentido urbano, delimitando la ciudad (pomoerium) y separándola del territorio. Un ejemplo: no encontramos entierros dentro de la muralla hasta el siglo VI, ya que la ley romana los prohibía.

La vieja muralla romana fue testigo de la invasión arabobereber del 713-714, cuando Tariq ibn Ziyad se apoderó de la ciudad de Terracona, seguramente de forma pacífica.

 

 Siglos VIII a XVI Sala1 Sala2 Sala3 Sala4 Sala5

Torre de les Monges (s. XIV). Torre del Paborde o Arquebisbe (siglo XII) sobre base romana del 200 a. C.
Planta y alzado del castillo del Patriarca (siglos XII-XV) antes de su destrucción. Maqueta del Pretori
Dibujo del castillo del Patriarca después de su voladura el 19 de agosto de 1813.Dibujo de Vicenç Roig, Vicentó. Maqueta del Castell del Patriarca Castillo del Rei o Pretori
(siglos XII-XV), construido sobre
una torre romana del siglo I.

La invasión arabobereber del 713-714 puso fin a Terracona como ciudad en el sentido amplio. La pérdida de peso político en época visigótica, la huida del obispo Próspero y la nueva situación de la Península Ibérica dejan la ciudad en vía muerta hasta la conquista feudal.

Tarraquna es casi una ciudad fantasma, entre hispanomusulmanes, francos y señores feudales, lugar de emboscadas, reducida a un pueblo pero llena de ruinas maravillosas y fantásticas. Al-Idrisi (493 H/1100-561 H/1166) nos dice que "es una ciudad de los judíos y tiene una muralla de mármol, construcciones reforzadas y torres fortificadas".

En el año 1091 se restaura la sede episcopal, aunque Tarragona no es ocupada efectivamente hasta la década entre 1119 y 1129, cuando se dona al obispo Olegario de Barcelona y Robert d'Aguiló inicia la colonización de la ciudad y el Campo.

Robert d'Aguiló reparó las defensas de la ciudad, reducida por aquel entonces a la Parte Alta. Cerró el flanco meridional con una nueva muralla, en la separación de la plaza de representación del Concilio Provincial y el circo: el Mur Vell. Las torres laterales que comunicaban circo y plaza de representación del Concilio Provincial se convirtieron en los castillos del Bisbe de Vic (Audiència) y de Robert d'Aguiló (castillo del Rei, o Pretori). Otra torre, junto a la antigua plaza del recinto de culto, pasó a ser el castillo del Arquebisbe (castillo del Patriarca). Se reparó la muralla romana y una de las torres se convirtió en el castillo del Paborde.

La Tarragona medieval ocupó pronto el antiguo espacio del circo, que conocemos como el Corral. Las guerras entre Pedro III y Pedro de Trastámara (1356-1375) obligaron a amurallar villas y ciudades catalanas. Mediante varias órdenes, Pedro III manda fortificar la ciudad, y en 1369 dispone que se construya una nueva muralla delante de la fachada del circo, la que conocemos como el Mur Nou o la Muralleta.

En el siglo XV, la Guerra Civil Catalana (1462-1472) enfrentó la Generalitat con el rey Juan II. En 1462 la ciudad fue asediada por las tropas realistas. Fue la primera vez que se utilizó de forma generalizada la artillería de fuego en un asedio a Tarragona. El ataque dañó la Muralleta y se pudo parar a la altura del Mur Vell.

Con la llegada de la artillería de fuego, la manera de hacer la guerra cambia sensiblemente. Los muros verticales y altos, de tapia, mampostería o sillares, no resisten bien los impactos de las nuevas armas, y los arquitectos italianos plantean un nuevo sistema de defensa: muros más bajos, en talud, y refuerzos de los puntos débiles de las murallas con bastiones o baluartes.

Así, a lo largo del siglo XVI la muralla de Tarragona se verá reforzada con baluartes: Sant Climent, Sant Antoni, Carles V, Santa Bàrbara o Fortí Negre, Torre Grossa. Y para defender el puerto se edifica una nueva torre cerca del mar. El ensanche hacia el sur, en tiempos del cardenal Cervantes (1568-1575), comportó que este prelado promoviese una nueva muralla, con nuevos baluartes "de Sant Pau y Santa Clara", que no se completó hasta el siglo XVII.

Hay una constante en todos los tiempos: la construcción de estas defensas fue penosa y larga, por falta de recursos, y con el añadido de los ataques de corsarios norteafricanos.

¿Y la muralla romana de la ciudad baja? Aún estaba en pie, pero, paulatinamente, a lo largo de los años, se fue desmontando, ya que estorbaba o bien servía de cantera para nuevas edificaciones.

 

 Siglos XVII a XVIII Sala1 Sala2 Sala3 Sala4 Sala5

A lo largo de los siglos XVII y XVIII las fortificaciones de Tarragona tienen un importante desarrollo debido a las guerras europeas y su repercusión peninsular. Son tiempos difíciles, en los que la monarquía española es contestada, tanto en la misma Península como en el resto de Europa: Guerra de los Treinta Años (1618-1648), de los Segadores (1640-1659), de los Nueve Años (1688-1697), de Sucesión (1700-1714) y del Rosellón (1793-1795).

Las murallas romanas y medievales, con los baluartes del siglo XVI o la muralla inconclusa del cardenal Cervantes, eran insuficientes. Durante muchos años se sucedieron las reparaciones y los refuerzos, siempre con falta de recursos y casi nunca con financiación real. Pero con eso no bastaba: era necesaria una planificación de las fortificaciones acorde con los nuevos sistemas de hacer la guerra. El resultado, sin embargo, no fue satisfactorio, como lo demuestra el asedio de la ciudad de 1811.

La Sublevación de Cataluña o Guerra de los Segadores (1640-1659) dejó Tarragona bajo la órbita militar castellana, a diferencia del resto de Cataluña, bajo control franco-catalán. Pedro Fajardo, marqués de Los Vélez, convierte la ciudad en plaza fuerte. Los esfuerzos para fortificarla se materializan en dos proyectos sucesivos que marcan las bases de lo que debe ser la posterior evolución de las defensas. Pero al mismo tiempo los ejércitos franco-catalanes ponen asedio a la ciudad en 1641 y en 1644. Posteriormente, las fortificaciones reciben un nuevo impulso a raíz de la Guerra de Sucesión (1700-1714), especialmente en el período de la estancia de las tropas inglesas, entre 1709 y 1713.

El desarrollo de los proyectos de defensa de Tarragona a lo largo de los siglos XVII y XVIII tuvo varios frentes. El primero sería el refuerzo de las fortificaciones de la Parte Alta, con una contramuralla en el lado de mar, en el paseo de Sant Antoni, y la construcción de varios baluartes exteriores como avanzada de las defensas. Después se hizo otra en la parte de tierra, que ahora es el Paseo Arqueológico. El segundo proyecto fue recuperar la idea del cardenal Cervantes de extender las defensas hasta el puerto, especialmente el lado interior, más fácilmente atacable. Siguiendo el trazado de la muralla romana de la ciudad baja, se fueron construyendo nuevas cortinas y baluartes, y a partir de mediados del siglo XVII los esfuerzos continuaron con la muralla que defendería el puerto.

Un tercer frente fue construir una línea de defensa de costa y de la carretera a Barcelona, formada por los fortines de la Reina Anna Stuart y de Sant Jordi y la Plaza de Armas, que enlazaba con la línea más exterior de defensas, con los fortines de la Creu y el nuevo de Sant Jeroni o el de Staremberg al este, y los de Sant Pere y el Rei al norte. Pero había que completar las defensas más exteriores, lo que no se materializa hasta la Guerra de la Independencia, con un fortín en las Forques Velles (Oliva) y otros tres en el Loreto, la montaña de los Ermitans y la Arrabassada.

Baluarte de Sant Magí (siglo XVII). Plano de la ciudad de Tarragona de Antonio Alcedo, publicado en España Sagrada, vol. XXIV, de Enrique Flórez, 1769.
Vista de las fortificaciones desde la Oliva en los años treinta del siglo XX.
Fortín de Sant Jordi (siglo XVIII).
Baluarte de Sant Diego (siglo XVII).
Maqueta del Fortí de Sant Jordi. Maqueta del Baluarte de Sant Diego.
 

 Siglo XIX Sala1 Sala2 Sala3 Sala4 Sala5

Fortín de la Oliva a finales del siglo XIX.
Pla de la Seu, escaleras y catedral de Tarragona. Destacado escenario del asalto.
Maqueta de Tarragona durante el asedio
Plano de la ciudad donde se marcan los edificios con desperfectos causados por la Guerra de la Independencia, 27 de abril de 1838. (AHCT).
Indicación sobre plano de la Parte Alta de Tarragona de las voladuras ocasionadas por el ejército napoleónico en su huida el 19 de agosto de 1813.

El afán por fortificar la ciudad continúa a principios del siglo XIX, favorecido por el estallido de la Guerra de la Independencia (1808-1814). Desde los primeros momentos, las defensas de Tarragona son objeto de atención y se dedican importantes cantidades de dinero y de esfuerzo humano para mejorarlas. Se temía que tarde o temprano la ciudad fuera asediada.

Este temor lleva a acelerar los trabajos entre 1809 y 1810, en los que no tan solo se reparan las viejas murallas, cortinas y baluartes sino que se levantan nuevas edificaciones como los fortines del Francolí, de los Ermitans, Loreto y Oliva, primera línea de defensa de la ciudad.

Pero las fortificaciones de Tarragona no eran más que una serie de construcciones inacabadas, obsoletas, deterioradas, difíciles de defender y mal planificadas. De hecho, la ciudad no pudo soportar el asedio de la Armée de Aragon entre mayo y junio de 1811.

La toma del fortín de la Oliva, el 29 de mayo, fue el preludio de la caída de la ciudad un mes después. Perdida la Oliva, las tropas francesas tuvieron un excelente punto de ataque en la Parte Alta, mientras que desde el Francolí castigaron las defensas de la ciudad baja hasta que pudieron entrar a la zona del puerto. El bombardeo de la muralla de Sant Joan abrió paso al asalto final, la tarde del 28 de junio de 1811. Tres días de muerte y saqueo fueron el resultado ordenado o consentido por el general Suchet, quien recibió el título de mariscal tras la conquista de Tarragona.

Ya en manos napoleónicas, las fortificaciones fueron reparadas en previsión de un contraataque de los ejércitos españoles. Finalmente, la retirada de las tropas invasoras, la noche del 18 de agosto de 1813, fue acompañada de la destrucción previa de las defensas y castillos de la ciudad (Arquebisbe, Patriarca, Rei), una clara política de tierra quemada, para dejar Tarragona inservible como plaza fuerte. Veintitrés minas de pólvora hicieron la faena.

Años más tarde se ejecutaron nuevas obras de fortificación, como la cortina desde el baluarte de Sant Francesc hasta el Llatzeret, el baluarte de la Reina Amàlia... Durante el Trienio Liberal (1820-1823) se planteó la refortificación de Tarragona derribando la muralla de Sant Joan, pero finalmente la idea se descartó.

La lenta recuperación de la ciudad, en parte gracias al puerto, llevó a la necesidad de derribar las fortificaciones para favorecer el crecimiento urbano. En 1854 la piqueta empezó, ahora sí, con la muralla de Sant Joan, y en 1868 Tarragona deja de ser plaza fuerte.

A lo largo de los años, hasta el siglo XX, las viejas cortinas son derribadas, de nuevo una operación urbanística lenta y costosa, y que incluso hizo peligrar la muralla romana, que fue declarada Monumento Histórico en 1884.

 

Plano del asedio de Tarragona de 1811.

2. Torre d'en Tintorer 3. Baluard del Roser (Pàrq. Saavedra) 5. Fortí Negre 6. Baluard de Sant Diego (Cos de guàrdia) 7. Aqüeducte de l'Oliva 8. Baluard de Sant Pere 9. Fortí de l'Oliva 10. Baluard de Sant Magí 11. Baluard de Staremberg 12. Baluard de Sant Antoni 13. Baluard de Sant Jeroni 14. Baluard de Sant Climent 15. Castell del Rei 16. Torre de les Monges 17. Fortí de Sant Jordi 18. Fortí de la Reina Descarregar Plànol en PDF
 

  Audiovisuales Sala1 Sala2 Sala3 Sala4 Sala5

En esta sala podéis ver los siguientes audiovisuales:

El audiovisual "El asedio de Tarragona 1811", dirigido por Mario Pons y coordinado por el "Servei d'Arxiu i Documentació Municipal", se ha producido para ser proyectado en el Centro de interpretación de las defensas de Tarragona.

El audiovisual "Las fortificaciones de Tarragona" explica cómo evolucionaron a lo largo de los siglos las construcciones defensivas y muestra su relación con la evolución de la ciudad.

 
 

 


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